LA VIDA ES JUEGO, Y LOS JUEGOS, SUEÑOS SON

Decido ir al Camino de Santiago. De nuevo serán solo unos días. Reanudando el viaje al día siguiente de cuando lo dejé, pero tres años después.

Recuerdo que esa primera vez que fui fue cuando supe que el juego de la oca está basado en él, representa el Camino. De oca a oca y tiro porque me toca, de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente, así es como se viaja aquí. En la credencial del peregrino nos sellan las casillas por las q vamos pasando. Vamos venciendo etapas. Seguimos con las siguientes. Es sencillo, solo hay q andar. Seguir las señales. Avanzar siempre. Si te gustó, regresar cuando quieras. Un cartel en Finisterre cuenta que también simboliza la Vía Láctea representada en la Tierra. “El camino de las estrellas.”

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El echar a andar se retrasa porque inicialmente salía desde Gijón, pero  ya con la mochila echada a los hombros el hostalero me hace saber que el camino hacia Avilés es todo carretera. Decido que no, que mi fiera necesita liberarse de los aires de la ciudad caminando por paisajes preciosos. De manera que, con el poco gusto que da eso de caminar hacia atrás, decido coger un autobús, ir hacia Llanes y comenzar, desde allí, a andar hacia delante.

Al llegar encuentro estos dados pintados en la escollera, los Cubos de la memoria de Ibarrola, recibiendo el sol y el salitre. Empieza el juego. Son dados gigantes, yo he lanzado los míos y aunque he perdido un día saliendo desde atrás, es el juego que he escogido para poder llenarme de mar y de paisaje. Son solo unos pocos días de camino. Si no veo algo bello, no tendrá sentido. Así que mi suerte está echada.

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Sin embargo, no es hasta que veo las primeras flechas amarillas que me siento tranquila. Y no sabría bien decir por qué. Hay momentos en que el camino se bifurca y se desvía hacia la costa, volviendo a unirse con el de Santiago más adelante. Podría caminar viendo el mar, pero necesito saber que estoy recorriendo ese circuito, que voy a ir siguiendo las flechas. Saber que estoy caminando por ese tablero me da una tranquilidad pasmosa. Caminar con todo lo que necesitas cargado en la espalda, siguiendo unas flechas amarillas y unas conchas que te indican el camino, me hace sentir que de verdad se trata de un juego. También el hecho de ir acompañada en el circuito por personas que están haciendo lo mismo que tú, saber que en ese camino seguís más o menos las mismas reglas –o, en fin, todo lo que acerca del funcionamiento de las cosas puede leerse en unas instrucciones de juego, o una guía del Camino-.

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Aquí también tiene todo sus pequeñas rutinas. El momento de ducharse y de lavar la ropa es, para los buenos peregrinos, por la tarde. Por la mañana se juega al tetris con las pertenencias de nuestras mochilas, las deshacemos por la noche, volvemos a encajarlas por las mañanas para volver a caminar, como los caracoles, con nuestras casitas a cuestas.

Uno de mis juegos favoritos en este Camino se llama Vamos a sortear las tormentas. Cada vez que echo a andar dejo una tormenta atrás.  Voy hacia allí cuando medio país se está viendo azotado por unos temporales terribles. Al salir de Madrid lo hago justo el día en que parece que está sobreviniendo el apocalípsis, pero David, el asturiano con el que subo en caravana, asegura que cuando está descargando en el centro, en el norte hace bueno. “Ya verás como te vas a encontrar sol”, asegura. Y así es. Hasta cuando parece que me voy a meter de lleno en una, solo me caen cuatro gotas encima, y solo veo su eléctrico descargar rugiendo a lo lejos, sobre el mar, mostrándome sus rayos, retumbando y haciendo eco en las montañas y en el valle. Ese espectáculo precioso me acompaña con sus bramidos milenarios hasta el albergue siguiente, donde encuentro un sol radiante a las nueve de la noche. La siguiente cae en La Isla, pero amablemente, espera a llover a que todos estemos acostados. Encuentro un placer infinito en meterme en el saco con todos ya en silencio, con una ventana semi abierta por la que escucho, desde mi litera de arriba, el pacífico sonido de la lluvia. Al día siguiente encuentro un pescador que me cuenta que se le inundó un local, y a otro hombre que arreglando el huerto me explica que se le ha echado a perder todo lo plantado. “Es así”, dice, mientras desagua. Pero para mi se trata de otro día en que camino bajo el sol.

La rodilla empieza a fastidiarme. Me quería quedar más tiempo pero ese dolor insistente hace que me salte una etapa que se muestra particularmente dura y llegue de nuevo a Gijón en autobús. De ahí, estoy a punto de coger otro ya de vuelta a Madrid. Es lo lógico, es lo sensato con la rodilla así. Sin embargo, de nuevo la sensación de que quizá sea bueno que me quede un poco más. ¿Hago entonces el rechazado tramo de Avilés que evité el primer día? ¿Tiene eso sentido? No, ninguno. Es asfalto, me machacará la rodilla aún más. Sin embargo, la sensación es fuerte. Está bien, aún no cogeré el autobús hacia Madrid. Entonces giro, y observo la siguiente frase:

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La fotografío, y al hacerlo me fijo en esto de Qué quieres hacer con tu vida…  Ey, espera un momento, esto me suena. Yo lo he oído antes. Y sí, recuerdo que vi el proyecto antes de salir al Camino, y dos días después de que ellos comenzasen. El 1 de junio del 2015 los DaVincis se subieron a una auto-caravana y desde entonces, y hasta principios de julio, están recorriendo varias ciudades españolas con el objetivo de realizar un estudio sobre qué siente, cómo se siente, qué quiere hacer su generación con su existencia. De todo el material recogido se elaborará un informe de uso público y se grabará un documental en código abierto que sirva para ilustrar y compartir un sentir. Recuerdo que me interesó muchísimo el proyecto. Pues a nivel personal primero y luego con otro grupo de amigas, pensamos en hacer algo similar, solo que nuestra idea era en principio bastante menos documentada y por el momento la dejamos correr. Ellos se han atrevido a soñar el proyecto, a soñarlo, estructurarlo y traerlo. Y pensé: “Me encantaría hablar con ellos.”

Casi cogí un bus de vuelta pero no lo hice. Tras tomar la decisión, solo giré una esquina, y allí estaba su rastro. Entré al bar a preguntar.

  • Sí, estuvieron ayer aquí.
  • Oh…
  • Pero hoy siguen.
  • ¿Ah, sí? ¿Y dónde van a estar?
  • En el Parchís.

De oca a oca, y tiro porque me toca.

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Alguien me escribió hace muchos años, diez ya, cuando iniciaba otro viaje: “El hombre no es hombre sino cuando juega, y no juega sino cuando es hombre”. El juego de la oca, el parchís, los dados gigantes en Llanes, hacemos tetris con las mochilas cada mañana, en la caravana con los cojines por la noche. Cada vez que encuentro una flecha o una concha, me ilusiona y me gusta tanto que alguien haya ido dejándolo todo lleno de pistas y señales como en una gymkana descomunal, esparcidas como semillas que otros en adelante y durante siglos seguimos y seguiremos. Alguien se ocupó de idear y construir la infraestructura de este Camino para otros, para nosotros, y es algo que a pesar de obvio, no deja de parecerme un acto cargado de belleza.

En mi último día de Camino me voy con un juego nuevo en el bolsillo. Una Social Coin que Andrea de Qué quieres hacer con tu vida deja caer en mis manos. Las Social Coin funcionan como cadenas de favores, de manera que tú la entregas a alguien por quien haces algo, y esa persona tendrá que hacerla circular a su vez haciendo algo por alguien. Cada Social Coin tiene un número de registro gracias al que puedes seguir el recorrido de tu moneda por el mundo. Son biodegradables y cada una contiene una semilla de rosa que se plantará tres meses después de su puesta en circulación junto con todas las personas que hayan participado en tu cadena.

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¿Quiénes construyeron el Camino? ¿Qué clase de personas, a qué raza de soñadores pertenecían? ¿Y si proyectos como Qué quieres hacer con tu vida o The Social Coin, o el propio caminar de los que estamos intentando hacer algo que nos ilusione solo hacen visible y patente un sentir que se está extendiendo cada vez más en este mundo? Quién sabe qué semillas o señales nos tocará repartir o plantar a esta nuestra generación de soñadores para que otros, cuando se las encuentren, también las sigan y las caminen y se ilusionen con su magia. Quién sabe si surcar esas nuevas vías, a base de sueños, es lo que nos toca para construir un mundo más cercano al que queremos.

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En estos cinco días, aun a pesar de no haber parado de bifurcar caminos. Aun habiéndome perdido un par de veces (ay, la mala señalización del Camino en Asturias…)  Aun con dolores de rodilla y otros asuntos, aun así me sumergí en ese mundo que me recuerda una vez más que si puedo acarrear todo lo que necesito conmigo en una pequeña mochila. Que si en las noticias solo se ve como diluvia, y aunque haya sido cierto yo solo he caminado estos días bajo el sol. Que si puedo lanzarme a caminar porque lo siento, y a base de sentires puedo encontrar a los artífices de un proyecto bastante afín al de mis sueños, entonces son cinco días que me recuerdan que vivir es fácil, que quizá no sea necesario tanto esfuerzo. El Camino me recuerda que el mundo es muy pequeño. El mundo es muy pequeño. Es increíble que caminándolo, cuando las distancias más grandes se hacen, sea cuando uno se hace consciente de lo pequeño que es.

“Me senté allí y contemple el lago Odell mientras me peinaba el pelo mojado con los dedos. El lago de Olallie, pensaba, luego Timberline Lodge y, por último, Cascade Locks. Salta, brinca, gira y hecho”, escribe Cheryl Strayed en el tramo final de Salvaje, en el que relata su andadura de tres meses por el Sendero del Macizo del Pacífico.

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El mundo es de juguete. Un juego precioso, y quizá solo nos queda aprender cuáles son sus verdaderas reglas y empezar a tomarnos en serio, al fin, eso de entender que vinimos a jugar.

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