SILKE: VIRAJES DE RUMBO EN EL CAMINO DE LOS SUEÑOS

Silke enseguida nos invita a sentarnos en la “trastienda”, en la partecita de detrás de su puesto en Las Dalias. Está iluminado con calidez, con la misma con la que atiende a sus clientes, a los que prueba los cinturones y complementos que hace y personaliza a mano, bajo la marca by Silke. Allí donde están las cajas y las herramientas, y un ventilador un poco desvencijado, charlamos.

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Libera la Fiera: En Libera la Fiera queremos entender los distintos mecanismos que intervienen en el proceso creativo, y nos causa mucha curiosidad el momento en que rompes con lo que estabas haciendo, tu carrera como actriz y con estar de cara al gran público.
Silke: Lo que me pasó fue muy rápido. En la etapa de 1 año hice 3 películas, se estrenaron las 3 y me hice muy famosa. De un día para otro no podía salir a la calle. Yo estaba acostumbrada a otra cosa, era muy libre. Me gustaba ir al rastro a tomarme unas cañas, o irme a un concierto. De pronto eso era impensable. Mi vida se limitó. Cuando iba a firmar los contratos de las promociones de las tres películas, hablando un día con Paco Pino, que me preparó para Tierra, me dijo: “Ahora es el estreno. A toda la gente que llega a la fama se le va la cabeza. Unos vuelven y otros no.” Yo desde el principio pensé que no quería que eso me ocurriera. Quería seguir siendo yo, tener mis amigos, tener mi vida. Siempre fui muy cuidadosa. Pero me di cuenta de que no fue a mí a quien se le fue la cabeza, se le fue a toda la gente que estaba a mi alrededor. Las que no eran mis amigas querían serlo, las que eran amigas o hasta mi propia familia, gente muy cercana, de repente me trataba diferente. Me llegaban niñas temblando por la calle pidiéndome un autógrafo, como si hubieran visto un monstruo. Todo vino del primer casting que hice en mi vida. Por eso quise insistir y seguir un poco, porque lo que me pasó es un regalo. No creo que haya una actriz en toda España que no sueñe y desee que le ocurra lo que me pasó. Y de repente me pasa a mí y no lo quiero.
LLF: ¿Cómo te sentiste ante eso?
S: Pues cada uno es como es, yo sentí que no estaba diseñada para esto. Para poder estar donde a mi me colocaron tienes que saber estar. Todo esto me ocurrió con 21 años. Lo que necesitaba era salir a la calle sin que me reconocieran y me fui a la India unos meses.
LLF: ¿Por qué piensas que la vida te trajo esta experiencia?
S: He sido siempre de experiencias muy fuertes. Con 19 años me fui sola a la India, con 17 me marché de casa…Es gracioso porque cuando me cogieron para la película de Julio Medem, yo estaba ahorrando para irme a dar la vuelta al mundo con mis mejores amigos y ese era el sueño de mi vida. Estaba en Ibiza vendiendo en el mercadillo plata y cosas que traía de la India. Me suponía mucho dinero ir a hacer la segunda prueba y llamé para decir que no. Al día siguiente me llamaron: “Silke, vente que Julio está especialmente interesado en ti.” Pero ese no era mi sueño en aquel momento. Fue un dilema: “Qué hago, ¿el viaje de mi vida o me voy a hacer la película con Julio Medem?” Esta parte nunca la había contado…
LLF: ¿Cómo te sentiste con esa decisión?
S: Muchas veces me arrepentí de no haber cogido el otro camino, pero seguramente si lo hubiera tomado me hubiera arrepentido de todos modos. Pensé: “Dejo que la vida decida. Voy, invierto el dinero, y si me cogen se supone que es por ahí por donde tengo que ir.” Y claro, fui tan relajada a hacer el casting… Quizá las otras chicas iban temblando, pero yo pensaba: “Si no me sale bien no pasa nada, me voy a dar la vuelta al mundo.” Además no soy la típica actriz de vocación que lo deja todo por la interpretación, también me encanta pintar, me encanta bailar… El arte dramático me gusta, lo he pasado muy bien, no digo que nunca haré nada más, porque ahí está la puerta. En realidad nunca lo cerré, sino que empecé a hacer otras cosas.
LLF: Cuando te llegó esa oportunidad, te interesaba más el teatro…
S: Tenía muchas ganas de tener un grupo de teatro experimental y viajar con él. Un par de años antes había visto un espectáculo de La Fura dels Baus y me quedé impresionada. Pensé: “Me encantaría hacer algo así.” Pero casi me veía más dirigiéndolo que haciéndolo.
LLF: ¿Ahora te apetecería retomar ese proyecto, compaginándolo con todo lo que haces?
S: En algún momento lo he pensado, pero estoy tan centrada en la marca que tengo, más mi peque… Para meterte en algo así hace falta tener mucha energía y mucho tiempo del cual carezco en este momento.
LLF: ¿Ha habido algún momento en tu vida en el que hayas cortado por algún motivo tu creatividad, que no haya salido con la misma fluidez?
S: No, porque nunca he tenido la obligación de crear, gracias a Dios. Yo hago las colecciones cuando me apetece, diseño lo que quiero, no estoy forzada ni obligada por nada ni nadie a la creatividad. Por eso siempre he querido que mi marca se mantenga pequeña, no quiero meterme en la vorágine de la moda de colección de primavera, verano, otoño, invierno. Quiero que sea un producto artesanal, hecho a mano, poder tener contacto con el cliente, que pueda hacer las cosas que ellos quieran. Cuando me surja y me apetezca crear cosas nuevas lo haré y cuando no, no. No quiero estar forzada por nada de nada, quiero hacer lo que yo sienta y lo que me guste.
LLF: Imagino que esto encaja con la vida tranquila que elegiste tener.
S: Hombre, tranquila, tranquila… (ríe) no te engañes, porque no paro. Pero sí, la isla me permite vivir en el pequeño mundo que yo he elegido. Es un lugar donde me siento muy libre, donde siento la naturaleza, a la vez estoy conectada con mi familia que está en España, tengo todo lo que en realidad necesito. Gracias a Dios hasta que he sido madre nunca he tenido ninguna atadura
LLF: ¿Qué tal compaginar la maternidad y la creatividad?
S: Maravilloso, es la mejor creación que he hecho en mi vida ¡Madre mía! Me ha salido una obra de arte. No puedo estar más enamorada de ella, admirarla más, es la experiencia más bonita que he tenido, muy lejos de cualquier otra. Todo lo demás es secundario. Mi hija solo me da y me da y me da y me da. Todo lo que puedo yo dar a cambio de ello es poco. Lo que pasa que los tiempos están un poco difíciles, ahora hay que ser mujer trabajadora, madre, ocuparte de la casa, el novio, de tus amigos, el ocio… es un poco difícil. Yo lo tengo todo con pinzas la verdad, pero feliz, porque hago lo que yo quiero.

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UN EJERCICIO DE HONESTIDAD

Ay. Que llego tarde a danza_MOS, el Festival Internacional de Danza. Que el martes ya me quedé sin invitaciones. Pero no importa. tengo fichada la sesión que de verdad quiero ver. El Who will save me today?  de Janet Novás. La gallega ha recibido varios premios , entre ellos el 2º premio de XXI Certamen Coreográfico de Madrid, una beca para el danceWEBeurope 2008(Viena), el premio de Asistencia Artística al Festival B´Motion de Bassano del Grappa  y el Premio InJuve. Pero esto es lo último en lo que me fijo. De hecho, ni me entero hasta que ya estoy sentada en la butaca y me lo cuenta un bailarín que ha danzado con ella y me habla de su excelente técnica.

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Who will save me today? surge de mis vivencias en la actualidad y de muchos otros momentos donde me he encontrado desvinculada, aislada de cualquier grupo o contexto artístico; nace de un encuentro conmigo misma y de la aceptación de mis experiencias y creencias como ser humano, de una necesidad de hacer de mi trabajo un ejercicio de honestidad. Esto es lo único que me salva y me permite continuar día a día.” Janet Novás

“Un ejercicio de honestidad. Esto es lo único que me salva.”

Entonces sé que tengo que ir a verla.Es posible que la obra sea dura. Que salga removida de allí. No sé si tengo ganas. Pero sé que tengo que ver este ejercicio de honestidad.

Primero grita, pero grita solo a medias, mientras cae una y otra vez. Luego habla con el técnico de luces y sonido, mientras nos presenta a un robotillo minúsculo al que acciona y para con un mando a distancia. Nos cuenta que en diciembre de 2012 se enamoró de él. El robotillo, Robo Sapiens, camina balanceándose torpemente a un lado y a otro. Le llega a la altura de la espinilla a Janet. Y ella dice que esos andares torpones, esos ojillos, fueron los que la hicieron “caer en el amor”, que es como los ingleses llaman a enamorarse.

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“Y luego, lo dejamos”, dice.

Entonces se pone a lanzar rollos de papel albal que se desenrollan sobre el escenario. Después dice que necesita a alguien allí arriba. Y hace a un chico-hombre quedarse de pie y sujetar una linterna a oscuras. El muchacho-sapiens se quita las gafas, no sabemos si en un acto de pudor, coquetería o astigmatismo, y se queda allí a la espera de lo siguiente que tendrá que hacer. Janet se queda a su lado, mucho rato, mirándole. Le pide que aguante un poquillo más hasta que el robotillo se accione de nuevo.

Aquí ya me cae bien Janet, a pesar de esa danza raruna que se trae a oscuras con un unas luces parpadeantes asidas al cuerpo, revolcándose en el papel de aluminio. Una danza que apenas veo porque está todo el escenario bajo una iluminación muy escasa. Me parece leer toda la ironía del mundo en la petición de que alguien, quien sea, suba al escenario y llene ese espacio vacío, un espacio que puede cubrir cualquiera dispuesto a sujetar una linterna hasta que Robotillo, su verdadero amor, se ponga en marcha de nuevo. Para el momento en el que la sombra de Robotillo hace de dinosaurio en la pared del auditorio, ya me sospecho que se está desconjonando de algunas cosas en este escenario, aquí, en nuestra cara.

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Cuando promete que esta noche va a ser espectacular, maravillosa, increíble, porque va a ser la última, me acuerdo de algunas performances a las que asistí que te encaran con tu propia muerte, que te dejan temblando ante la vastedad de los días perdidos que estás derrochando, dejándolos pasar sin más delante de tus propios ojos. Parece que Janet se propone hacer lo mismo, dejarnos emocionalmente devastados, sensibilizados y culpables por no estar aprovechando este valioso y jugoso regalo que es la vida. Asistiremos en directo a su último día.

Entonces levanta una mano, dice: “¿Veis esta mano? ¿La veis bien? Esta es Janet viva. Y ahora” y da un paso atrás y baja la mano como escurriéndose al suelo “Janet muerta. Ya no está. Janet viva, Janet muerta. Me estoy muriendo, a cada segundo. Janet viva, Janet muerta..” Y recorre así, muriéndose, todo el escenario.

Cuando muere definitivamente, se mueve un rato enroscándose alrededor de Robotillo, y de pronto, se levanta. “Y ahora he resucitado.”

Me rio, me rio sin poder remediarlo.

Ahora viene la apoteosis final. Y es que a veces basta con escuchar una canción.

Y arranca a sonar Total eclipse of the heart y Janet (viva) toca una batería inexistente, y sube los brazos haciendo ese play back solitario que todos hemos hecho alguna vez ante el espejo de casa. Se envuelve en el papel albal y yo ya en este momento dudo de veras que lo del papel de plata tenga sentido alguno más que el de hacer lo primero que se le ha pasado por la cabeza y que los demás nos la rompamos tratando de adjudicarle algún significado. El sonido. La luz que refleja, el efecto total… mmmm. Para terminar, Robotillo baila y ella le sigue en cada uno de sus pasos, al robot teledirigido. Baila igual que un robot que le llega por debajo de la rodilla. Janet Novás, que ha ganado premios.

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Para ser tan honesta como ella, debo confesar que a ratos no sé de que va el asunto. Pero al final no puedo más que aplaudir, aplaudir y decir “Bravo”. Porque esta mujer se ha subido al escenario y ha hecho el ejercicio de mayor honestidad que se puede hacer. Estar allí arriba como si de verdad estuviera sola. Ha liberado a su fiera creativa haciendo lo que le ha dado la real gana, como si no estuviese actuando en Conde Duque, como si no hubiese más de un centenar de pares de ojos observando sus movimientos. Se ríe de los grandes dramas, de los emocionales y de los escénicos. Ha decidido deshacer el tormento. Comerse las cuestiones trascendenatales con patatas. Apenas danzarlas siquiera, sino tratarlas con una simpleza e ironía casi infantiles. En mi opinión, descojonarse de toda la gravedad con que en ocasiones se carga el panorama escénico, expresivo y emocional actual, donde la expresión de lo auténtico tantas veces corre el peligro de caer en lo dogmático, creando así una trampa, enmascarándolo de nuevo. ¿Quién nos salvará de tomarnos a nosotros mismos tan en serio? Esta noche, ella. Con todas las herramientas en la mano, Janet ha decidido reír, y reír. Morirse, y reír, y resucitar riendo. Gracias Janet. Has pasado olímpicamente de intentar ser/parecer importante y has conseguido que me ría contigo. Eso vale todos los premios del mundo.

Venga, y esto por si te has quedado las ganas y quieres hacer como ella. Un poquito de play back, que lo estás deseando…

EL DIA EN QUE EN LA CIUDAD FLORECIERON PIANOS

“¿Sabéis por qué la canción Para Elisa se llama así?”, cuenta una señora con un sombrero negro ladeado. “Beethoven estaba paseando por la calle cuando escuchó sonar un piano. Eso ahora no pasaría. Hoy es un día excepcional.” Y dice esto porque este 14 de octubre Madrid se ha llenado de pianos.

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Son ocho pianos de cola. Están a lo largo de la calle Serrano, menos uno que se ha escapado a la Plaza de las Cortes. La Fundación Jesús Serra y el Concurso Internacional de Música María Canals organizan la IV edición de la jornada cultural Madrid se llena de pianos, con la que quieren fomentar el conocimiento de la música clásica y dar a conocer el concurso para pianistas noveles. En estos cuatro años la iniciativa se ha llevado a cabo en Barcelona, en Madrid y en dos ciudades itinerantes, Bilbao y Sevilla. En la plaza de Colón el ganador del pasado certamen, Stanislav Khristenko, realiza una fugacísima aparición de diez minutos. Los demás vamos de piano en piano. Cada tramo que se recorre entre uno y otro vuelve a estar lleno de los martilleantes sonidos de la ciudad. Cada vez que se llega a un nuevo piano es como alcanzar un corazón que, con su latido y su fuerza, nos impulsa hasta el siguiente.

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El piano. Ese artilugio hipnótico y misterioso que uno presiente como algo lejano y difícil. Quien lo toca debe de tener la conciencia de estar haciendo algo especial. Algo que no todo el mundo sabe hacer. Tocar el piano, podría decirse que es algo así como navegar. El custodio del primero que encuentro, sin embargo, desea todo lo contrario: acercarlo a la gente. Tras marcarse un November Rain de Guns N`Roses al teclado, comenta que su imagen es la de un instrumento muy académico, muy ligado al concierto de música clásica, de música muy seria, cuando realmente no es así. Comenta que esa separación entre el que sabe tocar, en el escenario, y el público es algo típico de Europa y de unos pocos países más. Que por ejemplo en África todo el mundo hace música, y allí no existe el miedo a equivocarse, a hacerlo mal. “Quien se anime a tocar, aunque no sepa, tiene vía libre”, invita.

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Pero para mi sorpresa, muchos saben. La gente hace cola. Los adolescentes que entre risitas nerviosas tocan ante sus compañeros. Un chico ciego al lado del piano en Colón se estremece, su bastón tiembla un instante. Quizá es el frío que hace hoy a la sombra, o un recuerdo súbito, pero yo quiero pensar que tiembla a causa de la música. Poco después, va a tocar él. Antes de salir, se toca el piano en el rostro, se sujeta la cara para no salir volando de su cuerpo a causa de la emoción. Cuatro encorbatados que de primeras, prejuiciosamente, pienso que solo son curiosos que se han escapado de la oficina a fumar, cuando descubro que uno de ellos es el siguiente en tocar y su compañero encorbatado y orgulloso, le graba. Al irse dice: “Si esto no es un concurso. Es para disfrutar.” Un coreano mueve la cabeza al compás. Una negra canturrea el estribillo de Billy Jean con una amplísima y blanquísima sonrisa. Una hiper pelirroja pin-up vestida de blanco asiste al espectáculo como salida de otro tiempo. Un chico se sienta a los pies del piano, en reverente rendición ante su amigo que está tocando, y se sonríen. Un abuelo está escuchando la música con los ojos cerrados mientras se gira hacia el sol y lanza un plácido suspiro sonriente. Es feliz. Yo lo sé, se lo he notado. Un niño se tira al suelo, y se balancea. Al levantarse cierra los ojos, menea la cabeza y camina despacito, con media sonrisa. Hay un señor grueso con unas sandalias nada estéticas y unos dedos regordetes que se sienta a tocar, y resulta ser un virtuoso. Cuánta música escondida detrás de cuántos rostros y cuerpos impensables. Desconocemos al lado de quienes caminamos a diario. Cuánta magia albergan las personas.

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Me da igual. La hora que es. El sol abrasándome la nuca. El hambre que tengo y la batería del móvil que se me queda a medias, en el quinto piano. Las alarmas de las ambulancias, los pitidos de los coches, el insidioso sonido del tráfico. Me da igual todo, y no sé si debería, pero eso es lo que sucede cuando estoy aquí, en la música. Que todo se detiene, que me sumerjo en ella y la nado. Que de Madrid parezco transportada a otra ciudad, a otra mucho más hermosa y amable donde la gente, en lugar de gritarse malhumorada, respeta el turno con una partitura en la mano, se piden permiso unos a otros y se hacen hueco para que el otro tenga mejor ángulo para los vídeos y las fotos que, sin duda, también querrá llevarse. Se van prendidos de una belleza que lo ha teñido todo de otro color, pero viniendo ese color tan solo del sonido. Definitivamente, hoy Madrid me parece una ciudad mejor.

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Juan Antonio Simarro, pianista y compositor que debido al éxito que está teniendo, está viviendo actualmente entre Madrid y Los Ángeles, habla con una amiga que le dice que está retomando el piano, el piano que ya dejó. Y él le recomienda que aprenda jugando, disfrutando y divirtiéndose. Que para él el error está en tener profesores no creativos que te hacen aborrecer y rechazar la música en lugar de disfrutarla, sentirla, hablar a través de ella. Martín Caló toca con los ojos cerrados, como el ciego, todo su cuerpo se mueve, está como invadido por el jazz. Hace un dúo con Jesús, sembrado de pendientes, al que acaba de conocer, pero con el que sostiene una conversación musical a cuatro manos en la que se intercambian el lugar del asiento varias veces mientras sus manos logran que Summer time no deje de sonar. Nos llenan de fuerza y de optimismo. (Para verlescucharles pincha aquí)

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Inmediatamente después sale un niñito que parece frágil, toca una piecita de música clásica, y el contraste entre esas dos fuerzas adultas y este muchachito me hace pensar si en algún momento él también traspasará la frontera, si se pasará a los pendientes y al piano de bar, si va a seguir por el contrario el camino del conservatorio, o si va a ser de esos que lo dejarán, que terminarán por sentirlo como un corsé y lo acabarán aborreciendo. Eso solo puede decirlo el tiempo. Pero ahora, su madre lo abraza y la sonrisa del pequeño es de satisfacción plena, de dicha inmensa. Ojos brillantes. Jesús, el pianista nocturno, le choca la mano. Y esa plenitud en el pecho de este niño no es muy distinta de la del cincuentón que toca más tarde As time goes by y Somewhere over the rainbow. Eso es lo que suena cuando atardece sobre la ciudad. Yo ya me marcho, y de camino al metro oigo tras de mí, en la nuca, no el sonido de los coches, sino a alguien que tararea esa canción. Skies are blue. Es el cincuentón que va acompañado de su familia. Lleva chaqueta, tiene pinta de ser un hombre muy serio. Pero canturrea por la calle. Tiene los brazos abiertos, y en el extremo de uno de ellos sostiene las partituras. Son sus brazos unas alas extensas bajo las que caben todos sus polluelos y además, el mundo entero, porque hoy ha regalado música. Acaba de tocar el piano en la calle, bajo el cielo de Madrid.

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AUTOBARRIOS: DIGNIFICAR UN BARRIO A TRAVÉS DE LA IMAGINACIÓN

(Esta es la historia de cómo se termina celebrando la primera charla TEDx debajo de un puente…)

Cuando llego a San Cristóbal bajo un sol justiciero, lo primero que me encuentro es la acogida de la deliciosa sombra del Puente de Colores. Bajo él hay un par de chavales de unos 8 o 9 años saltando sobre su mobiliario de madera, haciendo parkour. Juan les observa. Y cuando paran, les pregunta si les gustaría que en este espacio les diesen un curso sobre lo que están haciendo. Los chavales se quedan un poco sorprendidos. Pero dicen que si, que les gustaría. Saltan un poco más sobre las mismas estructuras que a nosotros nos sirven como asientos y mesas, y al rato se marchan.

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Y voilá, presencio así una de las muchas posibilidades que brinda este espacio que se ha creado en San Cristóbal. Una infraestructura para otro tipo de dinámicas. Un lugar de entrada al barrio que se ha embellecido, pintado de colores con la colaboración de Boa Mistura, que da la posibilidad de imaginar y construir otros mundos.

El planteamiento, explica Juan, nació de haber observado ya cómo funciona el modelo de autonomía y empoderamiento. En Madrid se está haciendo muy bien en el centro y pensaron: “¿Podemos llevar otro tipo de cultura, podemos utilizar esta herramienta para activar la perifería que está un poco abandonada y decaída?” Entonces la arquitecta Sarah Fdez. Deutsch, líder y autora del proyecto junto con Basurama, presentaron el proyecto a Fundación Montemadrid que les mandó a Casa San Cristóbal. Y el proyecto se empezó con la asociación de vecinos La Unidad, y con Educación Cultura y Solidaridad. Se van sumando otras asocicaciones para cosas puntuales, desde Los Junior a Onda Merlín Comunitaria, el PIC, el PAC, un montón de siglas que van participando en el proyecto, y fue hablando con las asociaciones vecinales como detectaron las necesidades de la zona, ellas les fueron acotando el proyecto.

Juan López-Aranguren, de Basurama: La intención era ver qué se puede hacer aquí que suponga un plus, algo que no tenga este barrio ni ningún otro. Intentar romper con las rutinas y también con esas ideas que encierran los propios barrios. Yo soy de barrio, y es verdad que el barrio se te queda dentro para bien y para mal. Una de las cosas malas es que muchas veces te acogotas a tí mismo. No sales del barrio, pero no sales mentalmente, no te consideras capaz de, ni siquiera te lo imaginas. Lo que queríamos era poder construir un espacio de imaginación. Preguntábamos a los chavales y a las asociaciones: “¿Qué se puede hacer aquí? No sé, una cancha de baloncesto, un campo de fútbol.” Ya los hay. La propia capacidad de soñar o de imaginar está capada.
Libera La Fiera: Porque de alguna manera mientras algo no se ha visto, tampoco se imagina. Es decir, la imaginación también se contagia a medida que uno ve posibilidades…
B: La imaginación se entrena, como todo. Si tú no has tenido espacios donde poder imaginar, y esa imaginación no la has podido aterrizar en algo real, se te acaba. O si tú no tienes gente con la que compartir esa imaginación… Por ejemplo si te vas a Perú y dices: “Dibújeme usted la plaza de sus sueños”, te van a dibujar la misma plaza que han visto en todo Perú. Pues eso te pasa en todos lados, aquí también, porque no se te ocurre nada más allá de lo que has visto. Por eso este proyecto es una excusa para escuchar al barrio y proponer. Y no quedarse en la escucha, porque al final la gente te devuelve lo de siempre, algo muy controlado. Si me dicen que quieren una piscina, yo transformo el deseo de piscina que es frescor, agua, cambio de aire, eso te da unas ideas que no tienen por qué ser solo la piscina. O un columpio es el deseo de flotar, moverse, pues se trata de transformar, de intentar llegar al deseo profundo. Saber escuchar para poder transformar los deseos y darles forma es muy importante. De hecho si te fijas ningún mobiliario está definido. Hay una intención expresa de que sea abstracto porque no queremos un espacio que condicione el uso. No queremos una silla, ni una cancha de baloncesto, no queremos algo que solo se pueda usar de una manera, sino algo que sea lo suficientemente abstracto y polivalente para que se pueda usar desde la imaginación. Y claro, los niños son los primeros que lo entienden. Los mayores muchas veces nos dicen: “Esto no sirve para nada.” Entonces tú te sonríes y dices: “Bueno, tú deja a tu hijo por aquí y ya verás para todo lo que sirve.”

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El proyecto, con el nombre de Autobarrios, nace de una intención de autonomía, de poder construir el propio barrio en un momento de fragilidad donde la administración no puede ya, o le cuesta, dirigir fondos a mantener los barrios, y donde los vecinos están acostumbrados a una administración que les nutre. Entonces, o se quejan o demandan, pero nunca proponen. “La idea fue cambiar el modelo, empezar a proponer y que entonces sea la administración la que tenga que venir hacia nosotros en vez de nosotros hacia la administración”, explica Juan. En un momento de especial fragilidad económica, se tomó la decisión de preparar a todos los jóvenes que estuvieron participando en el proceso y darles un Curso de Gestión Cultural para que se convirtieran en comisarios de su propio barrio.

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B: La figura del comisario parece siempre muy elevada, parece que tienes que recibir un curso del Reina Sofía o un máster de una universidad… pero nos planteamos, ¿y si son los jóvenes los que proponen la cultura escuchando a su barrio, escuchándose a sí mismos? Y en vez de ser un comisario desde arriba que dice: “A los jóvenes os gusta el rap y el skate”, de repente son los jóvenes los que dicen: “No, es que a mi me gusta la poesía, a mi me gusta el djembé, a mi me gustan los comics, a mi me gusta leer novelas de…” Se han hecho ya dos Cursos de Gestión Cultural. El primero se centró en retos locales donde son los jóvenes los que tienen que llevar toda la producción. Se hizo un cine de verano, en el que también se trabajó con los campamentos urbanos y se propusieron actividades como las acrobacias de circo, donde aprender a caer y levantarse o desde el: “Yo te pego pero hago una palmada, tu giras, entonces convertimos la violencia en un juego, en humor.” Y con la excusa del cine estamos trabajando otros problemas que tiene también el barrio. Son actividades propuestas por los propios chavales de gestión cultural, lo llevan ellos de principio a fin, desde la pantalla, el sonido…
LLF: Ven así la posibilidad de realizar algo que a lo mejor antes ni se les pasaba por la cabeza que pudieran hacer…
B: De hecho cuando hablamos la primera vez de hacer el cine, decían: “Eso es imposible, no se puede.” Y de pronto nos dimos cuenta que con cuatro duros se montaba. Ahora ellos mismos te dicen “Bah, pero un cine no vamos a montar, ¿no? Que eso ya lo hemos hecho mil veces, está tirado.” Lo que hace un año era misión imposible, ahora es…

Y Juan chasquea los dedos. Fácil.

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Una de las ideas fundamentales del proyecto es siempre traer a los mejores profesionales, de tal manera que dentro del proyecto Autobarrios cada persona o colectivo que entra pueda llevar a cabo su propio proyecto, para evitar así caer en paternalismos. Han participado entre otros Boa Mistura, que han trabajado a nivel internacional y que tienen sensibilidad para trabajar con la comunidad. “Es un escenario de posibilidades donde tú desde tu capacidad sumas, pero lo que nos interesa es que tienes que hacerlo tuyo. La empresa de pinturas que nos deja la pintura no nos la deja por paternalismo, BoaMistura no viene tampoco por paternalismo, en plan voy a ayudar a los pobres, ellos vienen porque les interesa pintar en estas dimensiones, tener la posibilidad de hablar con la empresa de pinturas y montar sus propios códigos de pantone, trabajar con una comunidad estable y con un proyecto legal. A la propia empresa de pintura lo que le interesa es tener un mural enorme a 500 metros de su empresa donde los clientes cuando pasen lo vean, entren en contacto con BoaMistura y vean que ellos usan su producto… es así siempre para que no haya paternalismos. Si no consigues que sean socios de un proyecto común no pondrán ese esfuerzo extra que es lo que hace que las cosas salgan.”

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También han participado Collectif Etc, un colectivo de arquitectos franceses que ha estado recorriendo toda Francia en bicicleta, de pueblo en pueblo, trabajando proyectos de madera e integrando a la población local en el proceso creativo. Basurama decidió pedirles colaboración e incluir a profesionales extranjeros en el proyecto, involucrando a la embajada francesa. A Collectif Etc este proyecto le aporta nuevamente el hecho de trabajar con una comunidad inmensa, y realizar su primer proyecto fuera de Francia. Para el Festival de Teatro se hizo de la misma manera, se llamó a La Tristura que en lugar de traer teatro social, organizó junto al grupo de gestión cultural un festival de tres días en el que vienieron a San Cristóbal tres piezas: una de ellas es la obra más importante de los últimos cinco años en Europa, que se ha interpretado en doscientos paises y que venía de Tokyo, pasaba por San Cristóbal y luego se iba a Atenas. Otra era una de las obras más importantes de España, y la tercera, una obra hecha expresamente para este espacio. Todas ellas adaptadas para que la comunidad participase. Enfrentarse con un evento de tal magnitud, en el que vienieron 300 personas de Madrid, con autobuses fletados para el festival, hizo que confrontaran un nuevo escalón en el aprendizaje de la gestión cultural. Afrontar esas dimensiones les daría soltura para que luego organizar un teatro pudiera ser algo que realizasen enseguida. Y también logró que eso que no pasaría nunca en este barrio, ocurriese. “Eso les genera una sensación totalmente distinta.” El hecho de colaborar con los mejores profesionales dignifica un resultado que es mutuo, que sin las asociaciones de ninguna manera se podría haber logrado. La colaboración de ambas partes es imprescindible, no tendría sentido que se llegase y se pintase un mural sin estar involucrados con el barrio, al día siguiente estaría lleno de graffittis. Y a su vez, un resultado con dignidad artística contribuye a que la satisfacción de lo hecho hasta el momento sea perdurable, y siga dando opción e impulso a la creación de nuevas acciones. “Yo pinto, y lo veo. Yo pinto y al dia siguiente toda la gente que pasa por aqui se hace fotos, lo aplaude. Pinto y cada día que paso, me acuerdo de cuando lo pinté. La capacidad transformadora de lo físico sirve muy bien como herramienta para que lo social y lo comunitario se pueda nutrir.” Las asociaciones ahora también son más conscientes de sus propias posibilidades, y empiezan a plantearse: “Oye, el festival hay que repetirlo. Y si ahora hacemos…”

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Y ese es el reto que tienen ahora por delante. Precisamente porque el objetivo de Autobarrios es ese, la autonomía. Ahora es el momento en el que Basurama se desmarca del proyecto, teniendo conciencia desde el primer momento de que ellos entran y salen. “No tenemos que perpetuarnos de ninguna manera”, dice Juan. Pero cuando le pregunto si no habrá un periodo con un pie dentro y uno fuera de San Cristóbal, mira hacia el barrio y con un mohín no sé si quizá de cierta nostalgia, dice que sí, que por supuesto, y que siempre tendrán un ojo puesto ahí para lo que puedan necesitar. Casa San Cristóbal y Educación, Cultura y Solidaridad junto con los jóvenes son los que continúan ahora con el proyecto. Un nuevo modelo de aprendizaje informal muy grande que en esta zona ha servido para complementar al sistema educativo, para movilizar las inquietudes y esperanzas no solo de los jóvenes, sino de todo un barrio. Para dar salida a sus deseos y para crear en la zona otra realidad de la que ya todos son partícipes. Un nuevo modelo de aprendizajes inusuales en el que TEDx se ha interesado y por el que hace un par días, el pasado 14 de julio, celebró su primera charla bajo un puente, el Puente de Colores. Y escuchando a Olenka Márquez de 18 años comunicar sobre Autobarrios en un evento de licencia internacional con tal fuerza, profesionalidad y pasión, yo diría que todo lo sembrado y plantado en San Cristóbal promete unos frutos tan inesperados como bellos, de tan vasto alcance como la imaginación, al poder, les permita soñar.

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THE SOCIAL COIN: LA MONEDA QUE INTERCAMBIA VALORES HUMANOS

El mundo debería cambiar, o es al menos un sentir general que se recoge a base de quejas mil veces escuchadas. Solemos caer en echar las responsabilidades de ese cambio a otros, a los que mandan, a los que pueden hacer algo. Pero, ¿es que acaso ignoramos el poder de cambio que ya tenemos en nuestras manos? ¿Y si con una simple y pequeña acción desinteresada podemos desencadenar reacciones espejo en los demás y plantar así, de la manera más sencilla, la semilla del cambio que anhelamos?

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Este es el propósito que se ha hecho The Social Coin: conectar a personas que construyen un mundo mejor. El proyecto está basado en las Cadenas de Altruismo (si viste la película Cadena de Favores recordarás de qué se trata). Si recibes una Social Coin es que alguien que te ha hecho un favor. Después tú tendrás que encontrar en tu entorno alguien que necesite que tú realices un acto desinteresado por él, a quien a su vez harás entrega de la moneda. Quien la haya recibido tendrá que ponerla otra vez a circular con un nuevo acto altruista por su parte. Cada moneda tiene un tiempo de vida de tres meses, es biodegradable, tiene un código para poder seguir su recorrido por el mundo, y lleva encapsulada una semilla de rosa que al final de los tres meses se plantará con todas las personas que hayan participado en tu cadena. Las Social Coin no funcionan solo entre particulares, también se puede hacer uso de ellas en empresas como una manera de aumentar la conexión y generar un efecto positivo entre empleados, y entre empleados y clientes, ayudando a involucrar a ambas partes en programas sociales que impactan en sus comunidades. Entre algunas de las empresas que han utilizado ya la Social Coin están Telefónica, Iberdrola o Music Distribution, quienes en el interior de cada guitarra que venden en todo el mundo han incluido una Social Coin, defendiendo que la música y el Altruismo son lo mismo.

En 2013 fueron ganadores en Changemakers.Han sido una de las 10 startups elegidas para formar parte de la mejor aceleradora de startups de Europa y han presentado su proyecto en TEDx, Institute for the Future y en la Comisión Europea como la empresa fundada por crowfunding más exitosa de 2014.

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Proyectos que esperanzan e inspiran. Si crees que el cambio no está a las puertas, solo tienes que mirar en la palma de tu mano: si en ella encuentras inscrito el deseo de colaborar en la creación de un mundo mejor, entonces no lo dudes, las herramientas para traerlo también las tienes ahí mismo, al alcance de tu mano…

LA VIDA ES JUEGO, Y LOS JUEGOS, SUEÑOS SON

Decido ir al Camino de Santiago. De nuevo serán solo unos días. Reanudando el viaje al día siguiente de cuando lo dejé, pero tres años después.

Recuerdo que esa primera vez que fui fue cuando supe que el juego de la oca está basado en él, representa el Camino. De oca a oca y tiro porque me toca, de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente, así es como se viaja aquí. En la credencial del peregrino nos sellan las casillas por las q vamos pasando. Vamos venciendo etapas. Seguimos con las siguientes. Es sencillo, solo hay q andar. Seguir las señales. Avanzar siempre. Si te gustó, regresar cuando quieras. Un cartel en Finisterre cuenta que también simboliza la Vía Láctea representada en la Tierra. “El camino de las estrellas.”

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El echar a andar se retrasa porque inicialmente salía desde Gijón, pero  ya con la mochila echada a los hombros el hostalero me hace saber que el camino hacia Avilés es todo carretera. Decido que no, que mi fiera necesita liberarse de los aires de la ciudad caminando por paisajes preciosos. De manera que, con el poco gusto que da eso de caminar hacia atrás, decido coger un autobús, ir hacia Llanes y comenzar, desde allí, a andar hacia delante.

Al llegar encuentro estos dados pintados en la escollera, los Cubos de la memoria de Ibarrola, recibiendo el sol y el salitre. Empieza el juego. Son dados gigantes, yo he lanzado los míos y aunque he perdido un día saliendo desde atrás, es el juego que he escogido para poder llenarme de mar y de paisaje. Son solo unos pocos días de camino. Si no veo algo bello, no tendrá sentido. Así que mi suerte está echada.

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Sin embargo, no es hasta que veo las primeras flechas amarillas que me siento tranquila. Y no sabría bien decir por qué. Hay momentos en que el camino se bifurca y se desvía hacia la costa, volviendo a unirse con el de Santiago más adelante. Podría caminar viendo el mar, pero necesito saber que estoy recorriendo ese circuito, que voy a ir siguiendo las flechas. Saber que estoy caminando por ese tablero me da una tranquilidad pasmosa. Caminar con todo lo que necesitas cargado en la espalda, siguiendo unas flechas amarillas y unas conchas que te indican el camino, me hace sentir que de verdad se trata de un juego. También el hecho de ir acompañada en el circuito por personas que están haciendo lo mismo que tú, saber que en ese camino seguís más o menos las mismas reglas –o, en fin, todo lo que acerca del funcionamiento de las cosas puede leerse en unas instrucciones de juego, o una guía del Camino-.

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Aquí también tiene todo sus pequeñas rutinas. El momento de ducharse y de lavar la ropa es, para los buenos peregrinos, por la tarde. Por la mañana se juega al tetris con las pertenencias de nuestras mochilas, las deshacemos por la noche, volvemos a encajarlas por las mañanas para volver a caminar, como los caracoles, con nuestras casitas a cuestas.

Uno de mis juegos favoritos en este Camino se llama Vamos a sortear las tormentas. Cada vez que echo a andar dejo una tormenta atrás.  Voy hacia allí cuando medio país se está viendo azotado por unos temporales terribles. Al salir de Madrid lo hago justo el día en que parece que está sobreviniendo el apocalípsis, pero David, el asturiano con el que subo en caravana, asegura que cuando está descargando en el centro, en el norte hace bueno. “Ya verás como te vas a encontrar sol”, asegura. Y así es. Hasta cuando parece que me voy a meter de lleno en una, solo me caen cuatro gotas encima, y solo veo su eléctrico descargar rugiendo a lo lejos, sobre el mar, mostrándome sus rayos, retumbando y haciendo eco en las montañas y en el valle. Ese espectáculo precioso me acompaña con sus bramidos milenarios hasta el albergue siguiente, donde encuentro un sol radiante a las nueve de la noche. La siguiente cae en La Isla, pero amablemente, espera a llover a que todos estemos acostados. Encuentro un placer infinito en meterme en el saco con todos ya en silencio, con una ventana semi abierta por la que escucho, desde mi litera de arriba, el pacífico sonido de la lluvia. Al día siguiente encuentro un pescador que me cuenta que se le inundó un local, y a otro hombre que arreglando el huerto me explica que se le ha echado a perder todo lo plantado. “Es así”, dice, mientras desagua. Pero para mi se trata de otro día en que camino bajo el sol.

La rodilla empieza a fastidiarme. Me quería quedar más tiempo pero ese dolor insistente hace que me salte una etapa que se muestra particularmente dura y llegue de nuevo a Gijón en autobús. De ahí, estoy a punto de coger otro ya de vuelta a Madrid. Es lo lógico, es lo sensato con la rodilla así. Sin embargo, de nuevo la sensación de que quizá sea bueno que me quede un poco más. ¿Hago entonces el rechazado tramo de Avilés que evité el primer día? ¿Tiene eso sentido? No, ninguno. Es asfalto, me machacará la rodilla aún más. Sin embargo, la sensación es fuerte. Está bien, aún no cogeré el autobús hacia Madrid. Entonces giro, y observo la siguiente frase:

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La fotografío, y al hacerlo me fijo en esto de Qué quieres hacer con tu vida…  Ey, espera un momento, esto me suena. Yo lo he oído antes. Y sí, recuerdo que vi el proyecto antes de salir al Camino, y dos días después de que ellos comenzasen. El 1 de junio del 2015 los DaVincis se subieron a una auto-caravana y desde entonces, y hasta principios de julio, están recorriendo varias ciudades españolas con el objetivo de realizar un estudio sobre qué siente, cómo se siente, qué quiere hacer su generación con su existencia. De todo el material recogido se elaborará un informe de uso público y se grabará un documental en código abierto que sirva para ilustrar y compartir un sentir. Recuerdo que me interesó muchísimo el proyecto. Pues a nivel personal primero y luego con otro grupo de amigas, pensamos en hacer algo similar, solo que nuestra idea era en principio bastante menos documentada y por el momento la dejamos correr. Ellos se han atrevido a soñar el proyecto, a soñarlo, estructurarlo y traerlo. Y pensé: “Me encantaría hablar con ellos.”

Casi cogí un bus de vuelta pero no lo hice. Tras tomar la decisión, solo giré una esquina, y allí estaba su rastro. Entré al bar a preguntar.

  • Sí, estuvieron ayer aquí.
  • Oh…
  • Pero hoy siguen.
  • ¿Ah, sí? ¿Y dónde van a estar?
  • En el Parchís.

De oca a oca, y tiro porque me toca.

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Alguien me escribió hace muchos años, diez ya, cuando iniciaba otro viaje: “El hombre no es hombre sino cuando juega, y no juega sino cuando es hombre”. El juego de la oca, el parchís, los dados gigantes en Llanes, hacemos tetris con las mochilas cada mañana, en la caravana con los cojines por la noche. Cada vez que encuentro una flecha o una concha, me ilusiona y me gusta tanto que alguien haya ido dejándolo todo lleno de pistas y señales como en una gymkana descomunal, esparcidas como semillas que otros en adelante y durante siglos seguimos y seguiremos. Alguien se ocupó de idear y construir la infraestructura de este Camino para otros, para nosotros, y es algo que a pesar de obvio, no deja de parecerme un acto cargado de belleza.

En mi último día de Camino me voy con un juego nuevo en el bolsillo. Una Social Coin que Andrea de Qué quieres hacer con tu vida deja caer en mis manos. Las Social Coin funcionan como cadenas de favores, de manera que tú la entregas a alguien por quien haces algo, y esa persona tendrá que hacerla circular a su vez haciendo algo por alguien. Cada Social Coin tiene un número de registro gracias al que puedes seguir el recorrido de tu moneda por el mundo. Son biodegradables y cada una contiene una semilla de rosa que se plantará tres meses después de su puesta en circulación junto con todas las personas que hayan participado en tu cadena.

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¿Quiénes construyeron el Camino? ¿Qué clase de personas, a qué raza de soñadores pertenecían? ¿Y si proyectos como Qué quieres hacer con tu vida o The Social Coin, o el propio caminar de los que estamos intentando hacer algo que nos ilusione solo hacen visible y patente un sentir que se está extendiendo cada vez más en este mundo? Quién sabe qué semillas o señales nos tocará repartir o plantar a esta nuestra generación de soñadores para que otros, cuando se las encuentren, también las sigan y las caminen y se ilusionen con su magia. Quién sabe si surcar esas nuevas vías, a base de sueños, es lo que nos toca para construir un mundo más cercano al que queremos.

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En estos cinco días, aun a pesar de no haber parado de bifurcar caminos. Aun habiéndome perdido un par de veces (ay, la mala señalización del Camino en Asturias…)  Aun con dolores de rodilla y otros asuntos, aun así me sumergí en ese mundo que me recuerda una vez más que si puedo acarrear todo lo que necesito conmigo en una pequeña mochila. Que si en las noticias solo se ve como diluvia, y aunque haya sido cierto yo solo he caminado estos días bajo el sol. Que si puedo lanzarme a caminar porque lo siento, y a base de sentires puedo encontrar a los artífices de un proyecto bastante afín al de mis sueños, entonces son cinco días que me recuerdan que vivir es fácil, que quizá no sea necesario tanto esfuerzo. El Camino me recuerda que el mundo es muy pequeño. El mundo es muy pequeño. Es increíble que caminándolo, cuando las distancias más grandes se hacen, sea cuando uno se hace consciente de lo pequeño que es.

“Me senté allí y contemple el lago Odell mientras me peinaba el pelo mojado con los dedos. El lago de Olallie, pensaba, luego Timberline Lodge y, por último, Cascade Locks. Salta, brinca, gira y hecho”, escribe Cheryl Strayed en el tramo final de Salvaje, en el que relata su andadura de tres meses por el Sendero del Macizo del Pacífico.

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El mundo es de juguete. Un juego precioso, y quizá solo nos queda aprender cuáles son sus verdaderas reglas y empezar a tomarnos en serio, al fin, eso de entender que vinimos a jugar.

Franqueados 0.15: el arte asalta los escaparates de Madrid

Gafas graduadas sumergidas en un mar de grullas de papel. Un libro enmarañado entre los hilos de una trama de lana o unos metalizados y chilloncísimos carteles que gritan mensajes positivos son algunas de las sorpresas que te pudiste encontrar hasta el sábado 28 de febrero si callejeaste por los barrios de  Malasaña, Chueca o Conde Duque.

Obra de Clara Currogomez en peseta_low

Franqueados es arte a pie de calle. Arte en los escaparates, expuesta para todos los públicos, sin restricciones ni limitación de clase alguna. La idea viene de la mano de Jorge de la Cruz, que en colaboración con Estefanía Arias y apadrinado bajo el sello de La Casa Franca, ha celebrado ya la tercera edición del festival. A su cierre hemos querido hablar con Jorge para hacer un repaso del desarrollo de estos diez días de Franqueados.

Libera La Fiera: ¿De dónde nace la idea de este festival?

Jorge: Franqueados es un hijito de La Casa Franca, una vivienda pequeña y abandonada que transformamos en un espacio muy cañí con un aire vintage y muy novedoso. Este espacio me dio la posibilidad de hacer realidad una idea que llevaba tiempo macerando, un lugar destinado a ser Club de artistas, sin un interés económico sino divulgativo. Pero llegó un momento en que LaCasaFranca empezó a quedarse pequeña y fue cuando planteé eventos externos, como Franqueados. Me llegaban propuestas muy grandes, con necesidades de más espacio, de más gente o de más recursos que yo no podía ofrecer. Entonces, un día paseando por la calle me di cuenta de que inconscientemente vas mirando cristales, y de alguna forma lo que ves lo haces tuyo, te lo apropias. Las esquinas, las tiendas, los escaparates, los pequeños recovecos del barrio son parte de tu propiedad. Así que pensé: “Qué mejor sitio que el cristal de un escaparate que tiene un magnetismo brutal. Cuando hablo de esta propuesta les digo a los artistas: “Cuánta gente va a ver vuestra exposición, ¿miles? ¿Más que miles? Porque cuánta gente pasa por la calle en diez días por el barrio de Malasaña, muchísima….

LLF: ¿Franqueados interviene en el resultado final o los artistas participantes tienen plena libertad de acción en sus obras?

J: Una distinción que hay que dejar clara es que Franqueados no es escaparatismo, la idea no es decorar, ya hay otras ferias que están para decoración y diseño, lo que Franqueados pretende es que la gente se pare en un escaparate porque hay algo que les llama la atención pero que luego, una vez delante de la obra, se pueda iniciar un ejercicio de reflexión. Sin embargo un escaparate no es un sitio neutro, es un sitio en el que se muestran objetos diariamente para que la gente los compre, así que saber manejar la fina línea que separa nuestro festival de la finalidad rutinaria del escaparate necesita ser asesorada pues es muy complicada, y de malentenderse todo el concepto correría el riesgo de irse al traste. Si por ejemplo eres un artista que creas unos jarrones de porcelana con una finura extrema pero los instalas en un escaparate lleno de cacharros desordenados tu obra perderá, a ojos de la gente, todo su valor, pero si limpias el espacio visualmente, jerarquizas elementos o recortas zonas de exposición puedes lograr un resultado llamativo y novedosos, y eso es lo que hacemos en Franqueados. Semanas previas al festival nos reunimos con los artistas seleccionados para introducirles en todas estas cuestiones que son diferentes de cualquier otra exposición y orientarles, luego en los días de montaje asesoramos y damos el visto bueno a todas las instalaciones. Para el artista exponer en Franqueados es un reto y generalmente el resultado es impecable, son muy pocas las ocasiones en las que tenemos que intervenir. En cualquier caso para nosotros es muy importante que el resultado final sea perfecto.

Obra de Maria Blanco Rodriguezlow

LLF: Ante este reto a muchos se les ocurrirá lo que no se les ocurriría jamás si no se les ofrecieran estas condiciones. Es el espacio el que marca la dirección que ha de tomar la obra…

J: De alguna forma sí, es una oportunidad para realizar una obra específica en un espacio diferente lleno de posibilidades plásticas, tanto por el entorno como por el producto que posea la tienda que puede sumarse a la instalación de la obra. Los artistas que han ganado los premios al mejor escaparate, Lucio Zurdo y Sandra Val, en la conferencia de Conde Duque de Encuentros con artistas decían: “Gracias a Franqueados porque nos ha metido un montón de caña”. Les rechacé dos propuestas y les animé a redondearla más, la tercera ya fue una propuesta cerrada, sólida y muy bien llevada. El espacio que les tocó era un espacio muy bonito pero muy difícil, en la calle Santa Mónica, y han hecho un escaparate precioso que todo el mundo se para a ver. ¿Hubieran hecho eso en una exposición al uso? Pues seguramente no.

LLF: ¿Qué diferencias has ido notando entre la primera edición y las siguientes?

J: Ha sido muy peculiar, porque la tercera edición ha bebido más de la primera que de la segunda. La segunda sirvió para que nos dieran muchas collejas, y la tercera para que nos diéramos cuenta de que el modelo que servía era el primero, el original. En la segunda se intentó seguir un modelo cuantitativo, masivo, mientras que en esta hemos perseguido la calidad y un trato mucho más humano y cercano. Cuando la gente busca una propuesta como Franqueados no quiere un Arco, no le interesa, quieren algo hecho con cariño, con personalidad, todo lo contrario a una feria gigante que resulta fría e impersonal. Este año de las cosas que me han proporcionado más satisfacción es cómo se han involucrado los artistas, los comercios, incluso los asistentes, el público que ha hecho las rutas guiadas, cómo han entrado a hablar con los dueños… ese es el mayor logro de Franqueados, el movimiento que se ha generado.

LLF: Se hace mucho más interesante cuando se trabaja en colectivo, hace que sea más disfrutable…

J: Vino un galerista a la fiesta de entrega de premios y me dijo: “Esto es como un experimento sociológico, se podría analizar.” Mientras que en ediciones anteriores he sentido que la participación era más rutinaria, una línea más de CV, en esta he visto a los artistas más participativos, más motivados, muchos me han dicho que ya están pensando la obra que van a presentar para el año que viene. Al final deja de ser una exposición y se convierte en una vivencia, una experiencia que merece la pena vivir. Ya no les importa engrosar en currículum, lo que les gusta es el hecho de participar, el hecho de vivirlo.

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LLF: Igual estamos tendiendo más en general a ese tipo de propuestas más cercanas y de mayor calidad humana, más cuidadas, más artesanas, y de alguna manera esa otra parte menos evidente también se percibe.

J: Eso que parece menos evidente es infinitamente más valorado por la gente. Ese es el auténtico éxito, pero claro no es fácil y requiere una gran implicación además de una vocación. Ha habido un proceso previo muy amplio y muy intenso para que cuando llegara el evento todo el mundo estuviera listo, preparado, con la cabeza centrada cien por cien, en la misma onda, y ese también es un trabajo que ahora se ha visto. Solo te puedo contar cosas buenas porque estoy muy feliz.

LLF: ¿Habéis encontrado que cada vez hay más inquietud en el público por encontrar alternativas diferentes?

J: Claro, a la gente le gusta cambiar, que les sorprendan con algo nuevo, y más en esta ciudad que hay tanto de todo, pero Madrid es un sitio en el que la gente está receptiva hacia un ocio de calidad y diferente.

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LLF: ¿De dónde le ha venido la financiación a Franqueados?

J: Todo el mundo que participa en Franqueados aporta una pequeña cuota, que recae en un interés común, pues a cambio ofrecemos tantas contraprestaciones que compensan sobradamente la cantidad solicitada. Los artistas aportan 25€ y los locales 55€, como ves son cantidades muy bajas. También intentamos ser coherentes con los gastos, muchos festivales despilfarran dinero en tonterías, incluso en gastos poco ecológicos como cantidades desproporcionadas de material impreso, etc. En Franqueados imprimimos las cantidades que se necesitan, hacemos buen uso de las redes sociales y del material virtual, buscamos materiales y soportes reutilizables, y así podemos cada vez tener más logística.

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LLF: Entraría un poco dentro de las economías colaborativas, son vías en las que se está entendiendo cómo no depender de nadie, sino cómo colaborar para ayudarnos unos a otros simplemente a hacer lo que queremos. Nos has hablado de la sostenibilidad del festival, pero ¿encuentras que se puede vivir del arte en España?

J: En mi caso personal, que es del que te puedo hablar, estoy atravesando una buena época y estoy viviendo de ello. No sólo, hago otras cosas, pero me estoy pudiendo expandir y dedicar a lo que quiero. Es verdad que esto no es algo milagroso ni con lo que ganes mucho dinero, ni muchísimo menos, pero al final es un trabajo muy bonito. Todo el mundo se tiene que buscar un camino, y todo camino tiene unas necesidades. Mucha gente está frustrada en el mundo del arte, pero la culpa no es del arte, hay que trabajar en ello, es una carrera, y como en toda carrera, no puedes parar. Más allá de sonar agotador a mi me resulta muy estimulante.